Si suspendes todo, te compro una moto

Transcribo la entrada del Blog de Orientación Elorientablog, porque describe fielmente lo que ocurre en muchas familias. Ante esto, ¿qué podemos hacer desde el Departamento de Orientación, desde los Equipos Docentes o desde las tutorías? Porque la motivación en estos casos se antoja una tarea casi imposible. Educar a los padres, esa es, prácticamente, la única solución.

En estos días, muchos institutos estamos celebrando reuniones de Equipos Docentes para revisar la marcha de cada alumno. En algunos casos, las familias nos inmoto-1forman de las medidas que toman cuando sus hijos no quien trabajar o estudiar. Se trata de pequeñas sanciones (“le retiramos el móvil”, “no sale el fin de semana”, “le quitamos el ordenador…”). En  otros, sin embargo, los chicos y chicas menos estudiosos no sólo no tienen ninguna sanción, sino que son “premiados” directa o indirectamente, por sus padres..  La periodista y profesora de secundaria PATRICIA ÁLVAREZ LEÓN nos ilustra en su columna de Opinión de Diario de Jerez (18/02/2012) uno de estos casos que, por desgracia, son más frecuente de lo que nos parece:


“Las promesas son un arma de doble filo. Lo son en todos los ámbitos de la vida y para todos los individuos, pero más aún cuando se tienen 15 años. Normalmente, funcionan como una especie de coacción, a través de una ecuación del tipo: “Si haces esto, te prometo…”. Nada más pronunciarlas, las promesas sitúan al indeciso o despistado en el camino de “estar a punto” de hacer algo o, al menos, de planteárselo. Todo a cambio de lo prometido. Una auténtica farsa. Nunca se sabrá si el que promete finalmente hace lo que hace porque quiere o porque persigue lo prometido. 
 
Les pondré un ejemplo: “El padre (divorciado, de 47 años, clase media, trabajador infatigable, hastiado de lidiar con sus retoños) le dice al hijo mayor (de 15, aquejado de vaguitis crónica, con cigarro al borde del labio y un boletín de notas prácticamente en cero en la mano) la frase siguiente: “Si apruebas todo el próximo trimestre, te compro una moto”. La teoría nos dice que, efectivamente, Pedro (el hijo coaccionado) apartará de un manotazo los juegos de la Play, que abarrotan su escritorio, y apagará ordenador, Whatsapp, Ipad, mp3 y mp4. Todo para evitar que un mínimo de su concentración se fugue de la tarea de hincar codos y estudiar las 11 asignaturas del primer trimestre y las 2 pendientes del curso pasado. Y, como premio, llegará la moto. ¡Una moto, Dios mío! Una moto con la que conducir sin casco hasta la playa o ir a buscar a la Guaci, para que cuando se monte en la parte de atrás y le agarre la cintura, se le vea el tanga. Así se completan los puntos suspensivos de la ecuación lingüística de la que hablábamos al principio de este texto.
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Un regalo. Ése es, sin duda, el peso más habitual en la singular balanza que se crea con toda promesa. Los hay de muchos tipos: un viaje, una cena en un buen restaurante, unas flores… hasta aquellos que no sólo cumplen con lo prometido, sino que encierran perdón o redención. Pero no me negarán que en el caso de Tomás (padre) y Pedro (hijo), la moto es el regalo más idóneo. Al menos, así se encargaron ellos de recordármelo durante los meses siguientes, cada vez que yo alertaba de que, una vez más, la brújula del muchacho andaba más que desnortada en cuestiones de esfuerzo, aplicación o comportamiento en el aula. 
 
Pero, como era de suponer, todas mis advertencias fueron ignoradas. Nada importaba más que la promesa de aquel vehículo motorizado, que siempre aparecía como un espejismo de salvación en medio de un desierto de aprobados. Por fortuna, al igual que todo espejismo, el fantasma motorista acabó por evaporarse. Tengo que recalcar que ésta es otra de las cualidades adorablesde toda promesa: una tendencia crónica al olvido. 
 
Para mí y para el resto del equipo educativo de Pedro, la amnesia sobre la moto era buena señal. Significaba que ni Tomás ni su hijo albergaban falsas ilusiones sobre las notas que estaban por llegar. Y, esto, a pesar de su evidencia, es grave. Aunque lo crean imposible, el alumno que no estudia, no hace tareas, no participa, no entrega trabajos y no respeta ni a sus compañeros ni al profesorado es el que más pregunta, durante las últimas dos semanas previas a las calificaciones aquello de “profesora, yo apruebo ¿no?”. Ante esta frase, todos nos quedamos callados. Eso sí, lo miramos fijamente, con esa intensidad momentánea que casi desprende los ojos de nuestras cuencas, para luego responderle: “¿Tú qué crees?”. Y, en contra de toda lógica, él cree que aprobará, aunque no haya hecho absolutamente nada en todos esos meses. Es cuestión de ecuaciones incomprensibles como “aunque no haga nada, consigo lo que quiero”. Amigos, éstas son las nuevas matemáticas. 
 
El caso es que, una vez retomadas las clases, se me había olvidado, a mí también, el episodio de la moto. Verán, la transición entre los trimestres suele coincidir con algunos de los pequeños períodos vacacionales que esta profesión nos concede y una servidora aprovecha para resetear todo su sistema operativo, moto incluida. Así, desprovista del estrés pasado, entré en el aula puntual, subiendo las persianas y mandando a sentarse y a sacar el material a todo el que se cruzase por delante. 
 
Pasaron diez minutos (de esto les hablaré otro día) hasta que todos estaban listos para empezar la clase. “Hoy hablaremos de nuestros planes de futuro. Allez à la page numéro 20”. Ahí es cuando me percato de que Pedro no ha abierto el libro. “¿Y el libro, Pedro”, le pregunto. “No sé”, dice subiendo los hombros con su característico pasotismo. Respiro hondo (no es fácil aguantar esta respuesta semana sí y semana también). “Mira que si no te aplicas, tampoco llegará la moto en junio”, le digo entre graciosa y desafiante. Él resopla y se ríe mirando hacia sus compañeros. Luego, añade: “Pero si ya la tengo, profesora. Mi padre me la regaló el día de las notas. Y eso que volví a suspender todo. Todo menos Educación Física”, vuelve a reírse y continúa: “Dice que había una oferta y que si no apruebo todo, me la quita, pero ¡bah! Ése a mí no me quita nada”. Permanecí seria, mientras mi cerebro se afanaba por encontrar una buena respuesta. Creo que me puse hasta colorada de indignación y rabia. Y es que, analícenlo bien: “Suspende todo y le compran una moto”. Sinceramente, sólo se me ocurre una pregunta: ¿Y ahora yo qué le digo?

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