Cómo surge la vocación docente

Es muy difícil explicar cómo nos inclinamos por realizar unos estudios u otros o por desempeñar un trabajo concreto. Los orientadores sabemos bien que son muchos los factores que intervienen para tomar esas decisiones: la tradición familiar, las aptitudes individuales, las modas, la situación económica… Unas veces porque desde muy jóvenes nos inclinamos hacia una determinada profesión y hasta que no lo conseguimos no paramos, otras por descartar lo que no nos gusta y nos decantamos, más que por un trabajo concreto, por lo que hoy se denomina una rama del conocimiento o del empleo, y otras porque no nos queda más remedio que hacerlo porque no hay otra alternativa, tendremos que reconocer que cada persona tiene una determinada experiencia y es difícil que se pueda trasladar a los demás.

Hoy quiero explicar, mediante un relato que contiene una parte de ficción pero también una gran dosis de lo que me ocurrió realmente, cómo llegué a tomar la decisión de dedicarme a la enseñanza. El ejemplo de un profesor, como podréis comprobar a continuación, es lo que, en gran medida, ayudó a que mi trabajo, durante cuarenta años, fuera la docencia. Espero que os guste.

Duos habet et bene pendentes (o cómo empecé a amar la historia y la enseñanza)

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La primera vez que escuché esta frase latina fue en cuarto del antiguo bachillerato elemental, que cursé en el Instituto Masculino de La Coruña (hoy IES Salvador de Madariaga). Estamos hablando de abril o mayo del año 1969, cuando acababa de cumplir 14 años o estaba a punto de cumplirlos. Había terminado la clase de matemáticas y estábamos esperando a que llegara el profesor de historia, seguramente haciendo un ruido de mil demonios, todos levantados y hablando a gritos, lo que era normal teniendo en cuenta que la disciplina era férrea durante las clases y los únicos momentos para que una pandilla de adolescentes se desfogara era en los intermedios entre clase y clase y a la hora del recreo. Yo me sentaba al lado de Casanova, un chicarrón que, a pesar de su enorme tamaño, iba siempre con unos pantalones cortos muy ajustados, cosa normal si era verano, pero que él llevaba durante todo el año y que dejaban ver una piernas que siempre estaban llenas de heridas y de costras. Yo le tenía un cierto respeto, por no decir miedo, ya que solía aprovecharse de su fuerza y de mi natural medroso para obligarme a decirle las soluciones de los ejercicios, susurrarle las respuestas en los exámenes  y cuando le preguntaba algún profesor o hacerle los deberes que casi nunca solía traer hechos. Ahora comprendo que para él sería casi imposible el estudio, pues vivía en una aldea a unos quince o veinte kilómetros de Coruña y teníamos clase mañana y tarde por lo que, cuando llegara a su casa, después de coger un par de autobuses, no creo que tuviera muchas ganas de estudiar ni de hacer deberes. Algunos años más tarde, cuando terminé los estudios de magisterio y comencé a trabajar, me lo encontré en un taller mecánico y me cambió las pastillas de freno mientras recordábamos viejos tiempos. Yo le eché en cara los malos momentos que me hizo pasar, pero, en realidad, terminé agradeciéndole que me ayudara a defenderme y a saber salir de situaciones comprometidas. Hace más de cuarenta y cinco años que no le veo, pero todavía recuerdo como si fuera ayer su tímida sonrisa de despedida y su mirada triste, mezcla de envidia y de nostalgia por un pasado que, seguramente, sería mejor que su futuro.

Además de Casanova, recuerdo a Cortón y a Cao, los más listos de la clase y que nos miraban por encima del hombro, como si fuéramos medio retrasados y no pudiéramos entender sus ingeniosos juegos de palabras y sus alusiones a científicos y escritores que nunca nos sonaban; a Ricardo y a Balsa, amigos inseparables y que continuamente estaban inventando bromas y trastadas, que siempre quedaban impunes pues nadie podía acusarlos si uno no quería ser considerado un chivato, el peor insulto que alguien podía recibir. También recuerdo a Carré y a Dequidt, dos grandes deportistas, el primero creo que llegó a ser campeón gallego de cuatrocientos metros vallas y después se hizo un excelente y reconocido fotógrafo, mientras que el segundo competía en esgrima. He perdido la pista de casi todos ellos, pues ninguno siguió la vocación de la enseñanza y se dedicaron a otros menesteres.

Menos los ya mencionados Cortón y Cao, que estarían hablando de filosofía o de literatura, los demás estábamos tirándonos bolas y aviones de papel, persiguiéndonos entre las mesas dando alaridos o haciendo cualquier otra tontería cuando, de pronto, se hizo un silencio sepulcral y todos corrieron a sentarse en sus respectivos asientos, todos menos Casanova y yo, que estábamos al final de la clase, él corriendo, como casi siempre, detrás de mí para darme alguna colleja o hacerme caer con una zancadilla. Y así fue como nos encontró un profesor que nunca habíamos visto en el Instituto, un hombre alto, de pelo largo y lacio que casi le llegaba a los hombros, barba recortada, con jersey negro de cuello subido y pantalones vaqueros, indumentaria que contrastaba vivamente con la que solían utilizar todos los profesores del instituto, que vestían con el típico uniforme docente de aquella época, traje o chaqueta y, por supuesto, corbata, y don Germán, el profesor de religión, con sotana, como no podía ser de otra manera.

Por mucho que mi compañero y yo intentamos pasar desapercibidos, fue inútil. Comenzamos a movernos despacio hacia nuestras sillas, pero él, con un gesto de la mano, ordenó que nos estuviéramos quietos. Se acercó lentamente a la tarima donde se encontraban la mesa y el sillón del profesor mientras en su rostro se apreciaban una mirada y una medio sonrisa que denotaban una mezcla de diversión y de sadismo, y eso provocó en toda la clase, y sobre todo en Casanova y en mí, una reacción de pánico que nos duró hasta que, tras un breve silencio que a nosotros nos pareció eterno, soltó su primera frase:

— A ver, el correcaminos y el coyote, que se acerquen.

(podéis continuar leyendo en el siguiente enlace, en otro blog que también administro):

Duos habet et bene pendentes (o cómo empecé a amar la historia y la enseñanza)

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