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Pequeña reflexión sobre la orientación en Cataluña en estos momentos

4 de octubre de 2017

Sé que me puedo meter en un lío y que quizás me lluevan las críticas, pero la situación actual es tan difícil que no puedo permanecer al margen. Tengo la ventaja, además, de estar jubilado y no tener que enfrentarme a la diaria realidad que se vive ahora mismo en los centros educativos y que me permite ofrecer un punto de vista, no sé si equidistante, pero sí alejado de los excesivos brotes emocionales que se provocan en el contacto cercano.

Me imagino la dificultad de los orientadores en la Cataluña de estos tiempos. Desconozco la realidad in situ, el día a día de su trabajo en el despacho, en las reuniones con sus compañeros y con los estudiantes, la convivencia en las aulas. Supongo que los últimos acontecimientos habrán colocado a unos en un lado y a otros en el contrario, porque todos tenemos ideas políticas que son respetables en un estado de derecho siempre que se atengan a un mínimo de tolerancia y se defiendan con cordura, aunque también se pueden defender con vehemencia y apasionamiento. En toda mi vida como docente he creído que el sentido común, el respeto, el diálogo y la autoridad son los mejores aliados de maestros y profesores y que dan mucho mejores resultados que el autoritarismo, la imposición, el desprecio del otro o la negación de la evidencia.

¿Cómo se puede afrontar en los centros educativos, que no son burbujas impermeables a lo que ocurre a su alrededor, los acontecimientos que como un tsunami están arrasando la convivencia en Cataluña? Desde luego no como los dos profesores del Instituto El Palau, de Sant Andreu de la Barca, que no tuvieron otra ocurrencia que decirle a hijos de guardias civiles “Estarás contento con lo que ha hecho tu padre”. No voy a opinar sobre la actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado el domingo porque este no es el lugar adecuado y mi opinión aquí no interesa. Ni tampoco sobre si hay adoctrinamiento o no ni sobre la presión que, según algunos, se está sufriendo por defender ideas diferentes. Pero lo que nunca se debería permitir es que en un aula un profesor reproche o recrimine a un alumno por lo que han hecho sus padres. Supongo que habrá habido momentos de tensión en los días previos, que las posturas de alumnos y profesores se habrán decantado por una posición o por otra y que habrá habido discusiones y enfrentamientos, pero ¿qué pretendía conseguir ese profesor poniendo en evidencia a uno de sus alumnos delante de la clase por algo que él no había hecho? No sé si será consciente de lo que eso puede provocar no sólo en el alumno afectado sino también en el resto de sus compañeros. En la noticia que se publicó en El País esa actuación se circunscribe sólo a dos o tres profesores, lo cual es de agradecer para evitar que la convivencia se convierta en un infierno.

Y aquí es donde yo veo la dificultad de la labor orientadora. Si yo fuera orientador, y menos mal que no lo soy ahora y en Cataluña, me vería en la obligación de hablar con ese docente porque, además de que supongo que lo hará el equipo directivo para conocer el contexto y su versión, a mí me costaría trabajo permanecer al margen ante una situación tan injusta para el alumno. Y quizás aconsejaría al profesor que, delante de la clase, pidiera disculpas al alumno explicando que su actuación fue debida a la tensión del momento que se vive. Reconocer un error humaniza y, aunque parezca lo contrario, da más autoridad al docente. Por otro lado, el docente debe ayudar a sus alumnos a ser críticos, a luchar contra las injusticias, a defender sus derechos y conocer y cumplir sus obligaciones. Y todo eso está reñido con el adoctrinamiento en las aulas, sea de un lado o del otro. No volvamos a caer en los errores del pasado y en la traumática experiencia que vivieron varias generaciones durante la dictadura.

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¿Disciplina y esfuerzo versus “nueva pedagogía”?

23 de julio de 2017

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El eterno debate, dos visiones contradictorias o contrapuestas, casi irreconciliables. Como si en educación, como en cualquier otro orden de la vida, la verdad fuera absoluta, o estás conmigo o contra mí, todo es blanco o negro o colores primarios, no existen los grises ni los colores secundarios. Y no nos damos cuenta de la importancia y de la riqueza de los matices, de las mezclas, de los mestizajes. Nunca me han gustado los radicalismos (miento, en mi juventud fui basante radical, como suele suceder cuando la vida sólo te ha proporcionado una experiencia limitada y el horizonte es todavía muy estrecho), por eso tampoco me he decantado nunca por una pedagogía o sistema concreto. He tomado un poco de aquí y otro de allá, he tenido que adaptarme a situaciones totalmente diferentes, a clases y colegios en los que compañeros y estudiantes no tenían nada que ver. Trabajar en un pueblo gallego no es lo mismo que en una ciudad dormitorio andaluza, con alumnos cuyas circunstancias familiares eran terribles o aquellos que nadaban en la abundancia y rodeados de comodidades, amor y cultura desde que nacían.

¿De verdad que es lo mismo conducir por una autopista con un coche de 200 caballos que con un utilitario por una carretera secundaria estrecha, con curvas y precipicios a un lado y otro? ¿Es igual trabajar en un aula con 20 alumnos de un nivel similar, diez ordenadores, conexión rápida a Internet, padres preocupados por la educación de sus hijos, que en un barrio marginal de una gran ciudad, con aulas masificadas, con estudiantes provenientes de seis o siete países diferentes, familias desestructuradas, paro, violencia…? No, no es lo mismo. Igualmente, la implicación del profesorado, la capacidad de los equipos directivos, la coordinación y otros elementos, inciden y condicionan también lo que el maestro o el profesor pueden hacer en el aula con sus alumnos. Así que cada vez soy menos propenso a atender a gurús que, desde una perspectiva generalmente limitada, suelen dar recetas que valen en algunas situaciones pero que han mostrado su inoperancia en otras. ¿Escepticismo, pesimismo? En absoluto. Estoy convencido de que la educación es insustituible e imprescindible para educar y formar a las nuevas generaciones. Pero, mientras que en algunos casos será una educación que compense desigualdades, que ayude a los más desfavorecidos a alcanzar unos niveles mínimos, o máximos, depende, que les permitan su inserción en la sociedad o salir de un profundo pozo de desesperación, en otros casos complementará la educación que proviene de una circunstancia favorable como el entorno familiar o social. Ahí reside la importancia de la preparación del profesorado, saber distinguir situaciones, adaptarse a ellas, ser sensible y estar atento a las necesidades de cada uno de sus alumnos.

Veamos dos ejemplos. En el primero, una experta sueca, exasesora del Ministerio de Educación de su país, aboga por una enseñanza digamos tradicional, en la que disciplina, esfuerzo, autoridad del profesor, exámenes, curriculum cerrado, etc., son las premisas en las que debe descansar la educación. En una entrevista publicada hace poco por El País, dice, entre otras cosas, que si no se aprende en Primaria a ser ordenado es difícil hacerlo después o que los exámenes ayudan a desarrollar hábitos sistemáticos de trabajo o, y esto es todavía más llamativo, que los niños tienen que aprender contenidos y no el llamado aprender a aprender. Por tanto, se posiciona claramente contra las nuevas metodologías educativas. Teniendo en cuenta que Suecia no destaca en los resultados de los Informes PISA y que está por debajo de la media de los países de la OCDE, quizás se pueda explicar este punto de vista.

“Hay que recuperar la disciplina y la autoridad en la escuela”. Entrevista a Inger Enkvist, exasesora en educación del gobierno sueco. Periódico El País, 13 de julio de 2017.

En esa misma entrevista hay un enlace a otra realizada a George Kembel, en la que pone de manifiesto que lo importante no es el producto final sino el proceso de aprendizaje. Critica la enseñanza tradicional, la clase magistral, la transferencia de contenidos por parte del docente, los exámenes. Si el mundo cambia con enorme rapidez, ¿por qué enseñar contenidos que casi con total seguridad serán inservibles dentro de unos años? “No se aprende escuchando a un profesor, sino haciendo proyectos reales”, continúa diciendo en la entrevista. “Nosotros no les pedimos que resuelvan problemas, sino que identifiquen cuáles son los problemas”.

“Se aprende haciendo, y no escuchando a un profesor”. Entrevista a George Kembel, cofundador de la d.school de Stanford. Periódico El País, 25 de enero de 2016.

Podríamos encontrar miles de ejemplos más en uno u otro sentido, en los centros educativos y en la prensa, en las Universidades y en las políticas educativas de los distintos Estados. Que cada cual saque sus conclusiones y las aplique según su leal saber y entender. Desde mi cómoda posición actual de docente jubilado, suerte a los que tenéis que discernir y elegir lo que mejor convenga a vuestros alumnos.

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En tierra de nadie

29 de mayo de 2017

En tierra de nadie

El lenguaje, palabras, vocales y consonantes reunidas para configurar el pensamiento, para describir la realidad, el mundo que nos rodea y el que transita por nuestro interior. Es nuestro bien más preciado, el que deberíamos cuidar con mimo y defenderlo contra todos aquellos que intentan manipularlo y envenenarlo, que pretenden recortar y que pierda su sentido, su valor. En demasiadas ocasiones el lenguaje ya no sirve para confrontar ideas, para comunicarnos, para apreciar y expresar la belleza, sino para degradar y destruir el pensamiento, para desalentar a aquellos que luchan cotidianamente para difundir valores, conocimientos, emociones.

El significado de palabras tan hermosas como libertad, igualdad, compromiso, justicia, honestidad o dignidad, entre otras muchas, se ha desvirtuado, ha perdido su relación con su significante cuando aquellos que tienen que dar ejemplo, sean los políticos, los intelectuales, los comunicadores o los jueces han preferido defender sus intereses, los intereses de los poderosos, antes que defender la integridad de las ideas, el bienestar de los ciudadanos o el desarrollo de la sociedad.

Ángela María Ramos Nieto, escritora y profesora de Lengua Castellana y Literatura en un instituto de Sevilla, escribió hace cinco años un magnífico artículo titulado En tierra de nadie, publicado en INED21 en el que expresaba el desasosiego, el desaliento de levantarse cada mañana con la sensación de vivir en tierra de nadie, de no comprender el mundo que la rodeaba, un mundo que era imposible explicar a sus alumnos, que no entendían muchos de los conceptos que ella intentaba comunicar pues todo lo que veían y escuchaban era incompatible con el significado que ella pretendía darles. Después de todos esos años el artículo sigue manteniendo en la actualidad, por desgracia, toda su vigencia. Podéis leerlo completo pinchando en el enlace.

La autoridad se apoya en la razón

4 de mayo de 2017
Dijo el rey: “Si yo ordenara a un general volar de flor en flor como una mariposa, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida, la culpa no sería del general, sino mía. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar. La autoridad se apoya antes que nada en la razón.”
El principito, de Antoine de Saint- Exupéry

Esta frase de El principito acudía a mi mente muchas veces cuando mi tiempo estaba dedicado en cuerpo y alma a la educación. Pasaba muchas horas preparando las clases, corrigiendo ejercicios, hablando con los compañeros, asistiendo a cursos, leyendo y escribiendo sobre temas educativos, orientando a estudiantes y padres, informando y aconsejando a compañeros en el instituto. Y casi siempre me encontraba con el mismo problema: el curriculum y la evaluación. Con la iglesia hemos topado, amigo Sancho. Barreras infranqueables, escudos de fuerza que impedían razonar más allá de lo que la inspección, los libros de texto, los decretos y las órdenes exigían. Ya podías apelar a los más eximios pedagogos, sobre todo a los que no se dejaron arrebatar y deslumbrar por los oropeles de los políticos, que se daba uno contra un muro. Ese muro era prácticamente inexistente en la educación primaria de los primeros años setenta y ochenta del siglo pasado, se hablaba de la autonomía de la escuela, de los proyectos educativos, de los talleres, se habían abandonado las reválidas en bachillerato, se comenzó a aplicar la evaluación continua… Después llegaron la LOGSE, la LOE, la LOMCE y comenzó el calvario. Mucho ruido y pocas nueces, mucha fanfarria pero poco dinero, mucho trabajo en los despachos pero poco trabajo a pie de calle. Es decir, no se escuchó al profesorado, al que de verdad tenía que llevar adelante cualquier proyecto, al que había preparar y convencer, persuadir y no obligar. No se puede correr una maratón si antes no se entrena lo suficiente. No basta con decir que son funcionarios y tienen que obedecer lo que emana de las leyes educativas, porque no se tiene autoridad si no se da ejemplo y ejemplo es, precisamente, lo que falta.

En el horizonte siempre estaba la isla de las sirenas, la que atraía a los incautos que se acercaban para encontrar la fórmula definitiva que resolviera los problemas de la educación (métodos de enseñanza perfectos, técnicas de estudio infalibles, trabajo en equipo, programaciones ejemplares, contenidos adecuados, administración al servicio de la comunidad educativa) y se encontraban con el naufragio y la locura del currículum cerrado, de la evaluación por competencias, de siglas como LOE, LOMCE, LOGSE, de una inspección al servicio de la política y no al servicio del alumno y del profesor, del voluntarismo del profesorado por la falta de medios. Así podríamos continuar ad infinitum.

¿Para cuándo la auténtica autonomía pedagógica, los medios suficientes, la selección y preparación adecuada del profesorado, las leyes razonables y adaptadas a la sociedad actual y futura? ¿Para cuándo un pacto educativo duradero? Y sobre todo, al hilo de la frase que da título a esta entrada y que he sacado de El principito, un libro que debería ser de lectura obligatoria, ¿para cuándo aplicar la razón y el sentido común en un ámbito en el que debería reinar sobre todas las cosas, es decir, en la educación?

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Volvamos a las aulas

22 de marzo de 2017

No me resisto a compartir, tal cual y sin comentarios, que serían muy positivos, esta entrada de INED21 titulada Volvamos a las aulas, donde se pone de relieve (se pone en valor, como ahora repiten constantemente muchos políticos) la labor de los buenos docentes.

¿CUÁL ES EL FUTURO DE LA ESCUELA? Desde hace años llevamos arrastrando una constante crisis educativa. La vieja aspiración, y el poco avance conseguido, de que la escuela elimine las desigualdades sociales mantiene un residuo de inconformismo que, en épocas como las actuales de convulsiones y crisis humanas, sociales, políticas y económicas, se agudiza sobremanera.…

a través de VOLVAMOS A LAS AULAS — INED21

El ejemplo de Pablo Ráez

28 de febrero de 2017

Es difícil mirar a la muerte de frente y mantenerse erguido, con dignidad, incluso con alegría o, al menos, sin caer en la desesperación, el miedo o el abatimiento. Aunque todos sabemos que la muerte forma parte de la vida son pocos los que tienen el valor de enfrentarse a esta idea, imaginarse cómo puede ser el momento del fin y sumergirse en la nada, en el vacío, en el no ser. La religión, la filosofía, la ciencia, todas ellas tienen a la muerte como uno de sus temas centrales, como no podía ser de otra manera, aunque cada uno con un punto de vista distinto. Esperanza para unos, transformación para otros, indiferencia o angustia, el final de la vida tiene un significado que muchos no se atreven a intentar descifrar.

La educación, como gran parte de la sociedad actual, vive de espaldas a la muerte. Sólo en contadas ocasiones se menciona, como cuando ocurre algún hecho excepcional, el fallecimiento de algún alumno o de algún padre, pero siempre desde un punto de vista lejano, con miedo de que se vaya a traumatizar o manchar la inocencia de la niñez o de la adolescencia. Hurtar esa realidad, sin embargo, no deja de ser un error. Tarde o temprano todos, niños o ancianos, hombres  y mujeres, ricos y pobres, tenemos que llegar al instante final y cuanto más preparados estemos, mejor. Si no negamos la realidad del sufrimiento, de las guerras, de la enfermedad o de la opresión, si intentamos concienciar a nuestros estudiantes de las injusticias, del hambre o de las persecuciones en el mundo y hablamos de todo ello en las tutorías, ¿por qué ocultar esa realidad que nos acompaña desde que nacemos?

Hace unos días fue noticia destacada la muerte de Pablo Ráez, un joven de veinte años que luchó con valentía contra la leucemia. Gracias a su entereza, a su espíritu de lucha, a su empeño para incrementar las donaciones de médula ósea, a su extraordinaria utilización de las redes de sociales para hacer visible su enfermedad, fue capaz de concienciar a sus semejantes de que hay que luchar, solidarizarse con los que sufren. Todo ello es un ejemplo, un espejo en el que contemplarnos y comprobar que la juventud actual no solo son botellonas, ninis, desencanto, abandono de estudios, falta de esfuerzo. Fue emocionante seguir su lucha en facebook, desde que en agosto de 2016 escribió una carta (Siempre fuerte, siempre) en la que daba a conocer la enfermedad y la necesidad que tenía que recibir un trasplante de médula. En las redes sociales, en radio y televisión su caso despertó enorme simpatía y cariño porque él era fundamentalmente simpático y cariñoso. Y fuerte y valiente. Por todo ello, porque Pablo se merece que lo conozcamos y lo admiremos, creo que no estaría de más dedicarle algún tiempo en las clases, para que su ejemplo nos sirva para ser mejores y para que siempre tengamos esperanza en nuestra juventud. Hay oportunidades que no se deben dejar pasar y ésta, por desgracia y también por suerte, es una de ellas.

(Vamos a) Educar al margen de las leyes (educativas)

9 de diciembre de 2016

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No nos va a quedar otra. O mejor dicho, no os va a quedar otra a los que todavía estáis al pie del cañón o en las trincheras, perdonad por los términos bélicos que estoy empleando en un ámbito tan poco guerrero como es o debería ser la educación, que trabajar al margen, cuando no contra, la normativa educativa. Supongo que la mayor parte de los docentes están ya hartos de los vaivenes a los que son sometidos diariamente desde las instancias superiores, llámense ministerio, consejería o delegación a base de instrucciones, reglamentos, órdenes, decretos o leyes educativas. Realmente me podéis creer si os confieso que terminé mi largo periplo como maestro y orientador cansado de tener que leerme diariamente la normativa que se publicaba, como si trabajara en un bufete de abogados o en una notaría. En los últimos años, lo primero que hacía era entrar en la página del BOJA o de la Consejería de Educación (o en la web de la inspección, que me permitía, además, saber si el Ministerio también había  tenido alguna ocurrencia) y cruzar los dedos o rezarle al santo o santa del día para que no hubiera novedades al respecto. Si no las había, ya podía respirar y trabajar tranquilo, procurando recordar lo último que se había publicado relativo a currículum, organización y funcionamiento, evaluación, titulación, acceso a la universidad, formación del profesorado, absentismo escolar, atención a la diversidad… Porque el orientador, por si no lo sabéis, abarca prácticamente todos los ámbitos en que se desenvuelve la acción escolar. Y raro era el día en que algún compañero no me venía preguntando cualquier cosa relativa a su responsabilidad docente, aunque también sobre concursos de traslados, comisiones de servicio, régimen disciplinario, permisos y licencias, etc., etc.

Cuando ya parecía que me había enterado de la última disposición surgida de la mente preclara de algún adscrito, jefe de sección, jefe de servicio, director general o consejero, y era capaz de decir de corrido el título, la fecha de publicación e incluso el número y el texto completo de algún artículo o disposición transitoria, ¡zas!, se publicaba una nueva que hacía inservible todo lo que ya sabía. Y aquí tengo que confesar que yo también formé parte durante algún tiempo de ese batallón que se dedicaba a elaborar normativa, porque trabajé como adscrito, jefe de subprograma y técnico, respectivamente, en varias direcciones generales de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía y durante trece años, trece nada más y nada menos, una de mis funciones fue la de trabajar sobre instrucciones y órdenes de evaluación y formación del profesorado (alguna de la cual quizás siga en vigor, prefiero no comprobarlo).

Vuelvo al comienzo. Si hace unos años era agobiante trabajar en los centros ateniéndose a lo que emanaba de la normativa educativa, pues suponía en muchos casos tener las manos atadas para elaborar materiales, realizar actividades extraescolares, modificar horarios y agrupamientos, cambiar contenidos, etc., en la situación actual debe ser, y digo debe porque ya no lo vivo en primera persona, desesperante. Lo más cómodo es decirse que para qué voy a luchar contra molinos de viento y darme un trompazo con la realidad de falta de recursos personales y materiales, aumento de la ratio, incremento de la burocracia, cambios constantes en todo lo relacionado con la LOMCE, informes PISA…, así que bajo las manos y hago lo que me diga el inspector y la consejería. Pero eso significa perder el entusiasmo y dejar de creer en el valor de la educación como herramienta transformadora e impulsora de la sociedad.

Así que os propongo, viendo los toros desde la barrera de la jubilación, pero también desde la experiencia de cuarenta años trabajando en primera línea, que paséis de todo eso, que os tapéis los oídos y que pongáis en funcionamiento vuestra creatividad. Proponed a vuestros compañeros de departamento, al equipo directivo, un proyecto ambicioso, con entusiasmo, basado en lo que los estudiantes saben realmente y en lo que podrían llegar a saber con los medios con los que contáis (acordaos: Zona de Desarrollo Potencial). Preguntadle también a vuestros estudiantes: cómo os gustaría aprender, qué os gustaría aprender, para qué queréis aprender. Puede parecer una tontería, pero seguro que os encontraréis con sorpresas agradables. Y no os costaría mucho tiempo, una sesión de clase, quizás (ahora escucho a mis compañeros de bachillerato riéndose y preguntándome que qué hacen con la selectividad, pero eso es otro tema; yo estoy dirigiéndome, fundamentalmente, al profesorado de secundaria). Y por qué no, preguntar también a los padres. La mayor parte tiene interés en la educación de sus hijos, escuchan lo que les dicen en casa, tienen su propia experiencia. Con probar no se pierde nada.

Trabajar al margen de la ley no es ir contra las leyes, sino hacer como si no existieran, pensando fundamentalmente en el bien de nuestros estudiantes. El problema principal es que siempre estamos comparando y siendo comparados (me he negado esta vez a realizar comentario alguno sobre el último informe PISA), obviando que cada persona es distinta y que no se puede evaluar con los parámetros que se utilizan habitualmente, usando el mismo rasero para todos. Pero ahora me preguntaréis, ¿quién le pone el cascabel al gato?, ¿quién se atreve a ir contra corriente, modificando curriculum, cambiando horarios y agrupamientos, realizando propuestas novedosas? Pues ya hay muchos centros que lo hacen, que se niegan a bajar los brazos y la cabeza y que, a pesar de todo y de todos, están obteniendo excelentes resultados. Seguro que si buscáis, encontraréis muchos ejemplos como los que propongo a continuación:

Las pedagogías alternativas

El Aprendizaje Basado en Proyectos

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Se admiten sugerencias.

¿Será posible, por fin, el pacto educativo?

18 de noviembre de 2016

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Parece que soplan nuevos vientos en política. Por ahora se han acabado los rodillos y las mayorías absolutas, que han provocado una de las más lamentables épocas para la ciudadanía. En educación, la crisis económica produjo una disminución en las inversiones educativas que se tradujo en falta de profesorado de apoyo, de sustituciones, de mejoras materiales… Las brechas se hicieron más grandes, pues la escuela pública sufrió mucho más que la privada dicha crisis. A eso se sumó la nefasta actuación de un personaje cuyo paso por el Ministerio de Educación ha dejado una huella que esperemos se pueda superar, pues han sido unos años perdidos que ya no se podrán recuperar.

Se habla de la necesidad de un pacto educativo (hace años que venimos escuchando esta cantinela, a ver si alguna vez se hace realidad), como el que ya intentaron en su momento el PSOE con el ministro Ángel Gabilondo en el año 2010, pero que fue tumbado por el PP, o el que presentó hace unos meses José Antonio Marina mediante el documento titulado Papeles para un pacto educativoCreo que cualquiera de los dos podrían servir de punto de partida para iniciar un debate serio, riguroso y lo más amplio posible en la sociedad. El problema está en los casi seguros enrocamientos que los diferentes partidos políticos, sindicatos, asociaciones de profesores y de padres, etc., van a mostrar en dicho debate, si al final se produce.

Sería muy importante, como planteamiento inicial, dejar a un lado las confrontaciones políticas, en concreto derecha-izquierda, tratando de eludir las profundas diferencias que los separan y poner el acento en aquellos puntos que pueden ser consensuados: el papel del profesorado y su formación inicial y continua, la necesaria financiación de la educación, la modernización de la FP…

Analizar qué educación queremos para qué tipo de sociedad. Para ello es fundamental contar con expertos, y aquí utilizo el término experto como persona que tiene experiencia, es decir, aquellos que realmente trabajan con los estudiantes de las diferentes etapas educativas y no los que se limitan a realizar propuestas teóricas sin analizar los problemas reales en las aulas. Como es lógico, también sería importante la colaboración de expertos en sociología, tecnologías, mundo sindical y empresarial, asociaciones de profesorado y de familias, etc., pues se enriquecería el debate y la reflexión. No me olvido aquí, claro está, del papel de los orientadores y orientadoras en los centros. Su conocimiento del sistema educativo, de los problemas de los estudiantes, de las charlas y reuniones con los tutores y con los profesores, de su relación con los equipos directivos, etc., los convierten en actores imprescindibles y necesarios en este análisis. Debemos aprovechar esta situación y liderar, si es posible mediante documentos consensuados por los distintos colectivos, las reflexiones que se realicen.

Ahondar en la autonomía de los centros, que en la actualidad son prisioneros de una administración que muy pocas veces se preocupa de los problemas reales en las aulas.

Y, como es lógico, analizar la realidad y la situación actual de la enseñanza, sin poner paños calientes, sin dejar que los reproches y las culpas envenenen el debate ni dejar que los intereses políticos y económicos tapen o encubran las carencias que realmente tiene el sistema educativo. ¿De verdad que no es posible encontrar un mínimo punto de consenso?

En estos momentos parece que lo más urgente es ir desmontando, entre otras cosas, el calendario de implantación de determinados aspectos de la LOMCE, como las reválidas. Según las últimas noticias aparecidas en prensa la reválida de la ESO será voluntaria y la de Bachillerato sólo examinará de las asignaturas de 2º curso. Es un primer paso, pero importante, sobre todo para lograr que alumnado, profesorado y familias sepan a qué atenerse de aquí a final de curso. Crucemos los dedos y esperemos que, dada la urgencia de esta y otras medidas, la educación deje de ser un campo de confrontación y se convierta en lo que debe ser, una fuente de riqueza, de cultura, de formación de ciudadanos responsables y dueños de su presente y de su futuro.

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La educación actual, a juicio

3 de octubre de 2016

Aunque todos los que nos dedicamos a la educación lo sabemos, la profesión docente es una de las más difíciles de ejercer. Son tantos y tan complejos los factores que intervienen que es prácticamente imposible controlarlos todos. Incluso partiendo de una excelente preparación del profesorado y de unas condiciones materiales adecuadas, sigue siendo una tarea extremadamente difícil y de una enorme responsabilidad, y más si tenemos en cuenta la época que nos ha tocado vivir, en la que apenas se encuentran faros o balizas claras y nítidas que señalen la ruta, ya que son demasiadas y, a veces, esconden oscuros intereses (por ejemplo, intereses políticos, editoriales…). Y tampoco se encuentran caminos anchos y bien asfaltados por los que sea cómodo caminar, pues están sembrados de numerosos obstáculos, baches y trampas. Estos caminos tendrían que ser construidos por las administraciones educativas pero, ya veremos más adelante, que en lugar de carreteras o autopistas, construyen caminos de cabras o destruyen los que estaban ya bien hechos

Si empezamos por la preparación del profesorado, son numerosas las voces autorizadas que, desde hace décadas, claman en el desierto por la escasa formación didáctica, metodológica y práctica que se imparte en las facultades de educación. Hay excesivos contenidos teóricos que después tienen poca o nula aplicación en las aulas. Y eso con los maestros de primaria, porque con los futuros profesores de secundaria, bachillerato y formación profesional el panorama es todavía peor. En la actualidad, los másteres de educación secundaria (MAES) se limitan a introducir, de manera burda y poco elaborada, algunos contenidos didácticos que sólo pretenden cubrir el expediente. La universidad todavía está muy lejos de poder implantar un protocolo y una estrategia capaz de conectar al futuro profesorado con la vida real de los centros educativos. Únicamente la experiencia, años de trabajo en colegios e institutos, el apoyo y la ayuda de los compañeros y de la dirección, y el esfuerzo y la dedicación personal, son las herramientas que sustituyen a la formación inicial del profesorado. Tampoco ayudan mucho, la verdad, los centros de profesores (centros del profesorado en Andalucía), que se han convertido en una extensión más de la administración educativa y que conectan mal con las necesidades reales de los docentes.

Otro obstáculo, todavía peor que los anteriores, es la administración educativa. Por si no fuera compleja la realidad de las aulas, muchas de ellas con excesivo número de alumnos, algunos con necesidades específicas de apoyo educativo, con dificultades de aprendizaje, con situaciones familiares extremas (paro, desarraigo, maltrato…), alumnado inmigrante, a veces el bullying, el uso inadecuado de las tic (en el caso de que éstas funcionen, claro), tengo que confesar que de mis cuarenta años de experiencia docente, los últimos los he vivido con auténtica desazón por la cantidad de horas que tenía que dedicarle a tareas burocráticas. Y lo peor es que la inspección, lejos de ayudar y de orientar al profesorado se ha dedicado, con honrosas excepciones, a vigilar y a comprobar que esas tareas estaban correctamente realizadas. Desconozco la situación de otras comunidades autónomas, pero en Andalucía sé de compañeros que tienen pesadillas con Séneca, la aplicación diseñada por la Consejería de Educación para llevar a cabo todo el proceso de gestión administrativa que conlleva la labor docente. Y aquí está el quid de la cuestión: ese proceso se ha multiplicado de tal forma que es incalculable el número de horas que hay que dedicarle para hacerlo correctamente: tutorías, entrevistas de padres, sesiones de evaluación, boletines de notas, programaciones docentes, comunicaciones a las familias… Aunque es lógico que exista control por parte de la administración, ya que es ella la que proporciona los medios, no es lógico que quiera controlarlo todo, pues impide la necesaria creatividad docente, que cada vez encuentra más dificultades para desarrollarse.

Leyes educativas cambiantes, currículos cada vez más cerrados, reválidas, evaluaciones de centros, menor inversión en educación, bajas que no se cubren, desinterés general por la educación tanto por parte de muchos padres como por los partidos políticos, que la utilizan como medio de atacar al adversario o de introducir determinadas ideologías. Así podríamos seguir páginas y páginas, horas y horas.

Aunque ya soy un profesor jubilado, me duele la situación actual de la educación. Se habla desde hace mucho tiempo de que hay que alcanzar un gran pacto por la educación, pero mientras se haga exclusivamente desde el ámbito político y no seamos capaces de implicar de manera efectiva a todos los que directamente están implicados en la enseñanza (profesorado, familias, alumnado, agentes sociales…), seguiremos lamentándonos y perdiendo un tiempo precioso.

Dejo para el final un vídeo impactante que refleja una parte, quizás la más importante, de la enseñanza: qué hacemos actualmente en las escuelas. ¿Preparamos realmente a los estudiantes para el futuro o seguimos mirando sólo al pasado, reproduciendo patrones y errores que sabemos que existen pero no somos capaces de evitar?

 

El calendario académico español es tan concentrado que no es equitativo

15 de mayo de 2016

En este artículo de La Voz de Galicia se analiza cómo el calendario académico español perjudica a los estudiantes rezagados o con problemas de aprendizaje. Pincha en la imagen y accede al artículo completo.


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